LECTIO DIVINA PDF Imprimir E-mail

Oración inicial

 

Señor Jesús,

te reconocemos como nuestro Mesías,

el Santo de Dios,

el don del Padre.

Creemos que estás vivo y resucitado y que estás realmente presente en medio de nostros

y en cada uno de nosotros.

Te alabamos y te adoramos.

Tú eres la plenitud de la vida.

Tú eres la resurrección y la vida.

Hoy queremos presentarnos una vez mas ante ti

para escuchar y meditar tu Palabra,

para pedirte que tengas compasión de nosotros,

para que reconozcamos que Tú estás vivo en tu Iglesia hoy,

y para que se renueve nuestra fe y nuestra confianza en Ti

y poder así cargar con nuestra cruz y seguirte.

Te lo suplicamos, Jesús;

haz que nuestra fe en Ti crezca

y nos vayamos abriendo a las maravillas de tu amor,

para que también nosotros seamos testigos de tu poder y de tu compasión.

Sánanos, Señor.

Sánanos en el cuerpo, en el corazón, en el alma.

Danos vida y vida en abundancia.

A Ti, Señor sea la gloria

por los siglos de los siglos.

Amén

 

Lectura del Evangelio según San Lucas: (14, 25-33)

 

25 Junto con Jesús iba un gran gentío, y él, dándose vuelta, les dijo:
26 « Cualquiera que venga a mí

y no me ame más que a su padre y a su madre,

a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas,

y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo.
27 El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo.

28 ¿Quién de ustedes, si quiere edificar una torre,

no se sienta primero a calcular los gastos, para ver si tiene con qué terminarla?
29 No sea que una vez puestos los cimientos,

no pueda acabar y todos los que lo vean se rían de él, diciendo:
30 "Este comenzó a edificar y no pudo terminar".
31 ¿Y qué rey, cuando sale en campaña contra otro,

no se sienta antes a considerar si con diez mil hombres puede enfrentar

al que viene contra él con veinte mil?
32 Por el contrario, mientras el otro rey está todavía lejos,

envía una embajada para negociar la paz.
33
De la misma manera, cualquiera de ustedes que no renuncie a todo lo que posee,

no puede ser mi discípulo. »

 

Palabra del Señor

 

Lectio: ¿Qué dice el texto bíblico en su contexto?

 

a) El contexto del Evangelio             

 

El domingo pasado encontrabámos a Jesús invitado, con ocasión de la fiesta del sábato, a un banquete en casa de un importante fariseo. Allí Jesús sana a un hombre enfermo y aconseja, a los comensales presentes, a no buscar “los primeros asientos”, con una clara invitación a la humildad, y al anfitrión le invita a la gratuidad, invitando a quien no le pueda retribuir, retribución que hay que esperar en el banquete del Reino.

Uno de los comensales, que ha seguido con interés las advertencias del Maestro sobre la ambición por conseguir puestos de relevancia y sobre las prioridades a la hora de hacer una invitación —preferir a los pobres, a los lisiados, a los cojos, a los ciegos (Lc 14,13)—, se muestra comprensivo con el pensamiento de Jesús.

Eso le lleva a manifestar sus sentimientos y a expresarlos en forma de «bienaventuranza»: ¡Qué suerte poder participar en el banqueteescatológico del Reino de Dios! (v. 15).

Esta observación le ofrece a Jesús una oportunidad para añadir una parábola (La parábola de los invitados descorteses, Lc 14,16-24) como complemento de todo su discurso sobre los temas del banquete.

Con la párabola, Lucas concluye la temática del banquete y empieza un nuevo desarrollo.

Lucas quiere que nuestra atención se centre nuevamente en el avance del viaje a Jerusalén; Jesús no camina solo, sino acompañado por «una gran gentío» (v. 25).

En este contexto, Jesús pronuncia una instrucción sobre las condiciones para convertirse de veras en discípulo suyo (Lc 14,25-33).

El episodio precedente, a la vez que cerraba el ciclo de instrucciones sobre el banquete del Reino, abría nuevas perspectivas, ensanchando la invitación a los que viven en las plazas y calles, a los que trotan por carreteras y caminos; todos están llamados a participar en el banquete del Reino para que «se me llene la casa» (Lc 14,23).

La instrucción que ahora comienza se dirige precisamente a establecer una serie de condiciones para que todos los invitados sean auténticos discípulos, ciudadanos del Reino.

 

b) Comentario del texto:

 

Lucas 14,25: Junto con Jesús iba un gran gentío

El «gran gentío» que sigue a Jesús, está embelesado por las palabras de Jesús y por la descripción tan atractiva de la realidad del Reino y por las bendiciones que se prometen a los que logren tener acceso a la celebración festiva.

El versículos le sirve a Lucas para introducir nuevamente la temática del seguimiento, que no se refiere solo a sus díscipulos, sino a todos.

 

Lucas 14,26: Cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su padre y a su madre,

a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo

 

Las dos primeras instrucciones —relación afectiva con la familia y aceptación de la propia cruz— siguen el mismo orden en los dos sinópticos. También el Evangelio copto según Tomás recoge, en una misma máxima, estas dos instrucciones (EvTom 55), y ofrece ulteriormente (EvTom 101) una nueva formulación de la primera máxima de Jesús.

La primera de las condiciones (v. 26) exige una actitud de disponibilidad interna para subordinar a la condición y a las demandas de ser discípulo los afectos más fundamentales, como el amor a la familia e incluso la conservación de la propia vida.

La versíon litúrgica de este texto dice: “no me ame más”, si bien el original dice: “y no odia a su padre...”; Lucas, con esta formulación quiere dar una mayor radicalidad que la máxima correspondiente de Mateo, que sí está centrada en el «amor»: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí...»; «el que ama a su hijo o a su hija más que a mí...» (Mt 10,37).

Es más, la formulación de Lucas extrema la exigencia del compromiso mediante la adición: «y hasta su propia vida».

Efectivamente, así se mide la dedicación del discípulo a la causa de su Maestro.

Sólo el que se ve capacitado para tomar una decisión radical, aun costosa, de abandonar las vinculaciones humanas por el seguimiento de Jesús (cf. Lc 9,59-62; 8,19-21; 11,27-28), hasta arrostrar incluso el martirio, puede ser discípulo, en el sentido pleno de la palabra.

 

Lucas 14,27: El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo

 

La segunda exigencia (v. 27), formulada en clave simbólica —aceptación de la propia «cruz», «caminar detrás» del Maestro— es de una extremada radicalidad.

El discípulo acepta hasta las últimas consecuencias, como Jesús, la voluntad de Dios y carga con «su cruz». Cargar con la cruz significa simplemente la renuncia a la vida.

«Su» cruz, es la cruz que Dios ha determinado para cada uno.

Esta expresión no se encuentra como frase proverbial en la literatura judía de la época de Jesús. Pero la crucifixión era necesariamente conocida en general como suplicio de muerte, aunque no judío, de modo que la frase era plenamente comprensible para los discípulos en labios de Jesús; no necesita explicarse, pues, como un giro posterior «cristiano». Aunque el evangelista piensa, desde luego, también en la cruz del Señor. Jesús se pone él mismo, con su cruz a cuestas, ante los ojos de sus discípulos. Los discípulos deben unirse a su camino a la muerte, en marcha también ellos hacia el suplicio. Con esto se da a entender una renuncia diaria a la vida tan absoluta, como la del que, con plena entrega, marcha a la muerte que le está destinada.

Esta misma exigencia ya la había encontrado en Lc 9,23, pero aquí se convierte aquí en una de las condiciones específicas para ser discípulo de Cristo.

En cierto modo, es una clarificación del inciso personal de Lucas —«y hasta su propia vida»— introducido por el evangelista en el enunciado anterior (v. 26). El «odio», la renuncia a la propia vida, puede llevar incluso a un destino como el que le aguarda al Maestro: «cargar con la cruz» hasta morir en ella.

 

Lucas 14,28-32: Parábolas de la Torre y del Rey

 

Los vv. 28-30 y 31-32 son dos «parábolas», aunque Lucas no las introduzca de manera explícita. Pero la carencia se suple con las dos preguntas retóricas: «¿Quién de ustedes...?» (v. 28) y «¿qué rey...» (v. 31), que, literariamente, introducen ambas parábolas.

Más aún, el v. 33: «de la misma manera, cualquiera de ustedes... », subsana convenientemente la ausencia de fórmula comparativa.

Las palabras y las dos parábolas que Jesús dirige a la gente que le acompaña en su camino a Jerusalén forman un discurso unitario y establecen tres condiciones, tres exigencias, para los que quieran seguirle como discípulos.

Las condiciones son las siguientes:

  1. renuncia voluntaria a los vínculos afectivos con la familia,
  2. aceptación sincera de una renuncia radical al propio interés,
  3. renuncia afectiva a las posesiones materiales.

Aparte de las condiciones en sí mismas, Jesús exige un serio discernimiento, sin precipitación de ninguna clase, sino con una previa deliberación sobre los costes y los riesgos de un compromiso de tanta envergadura. No se puede asumir a la ligera una tal responsabilidad, sino que hay que ponderar con calma las previsibles consecuencias.

La recomendación esencial que Jesús hace a sus seguidores es que antes de tomar una decisión comprometida ponderen con calma y con serenidad las implicaciones de ese paso. No hay que fijarse exclusivamente en las condiciones requeridas, sino que hay que prever también las consecuencias que pueden derivarse de una primera exaltación entusiasta que no vaya a tener suficientes fuerzas para llevar a cabo el proyecto. La posibilidad de hacer el ridículo, o de verse en la tesitura de tener que rendirse sin condiciones, debe prevenir  cualquier clase de decisión apresurada e irreflexiva.

 

Lucas 14,33: De la misma manera, cualquiera de ustedes que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo

 

La recomendación de Jesús en las dos parábolas es clara: el que quiera ser su discípulo debe calcular seriamente sus fuerzas y sus capacidades, es decir, lo que tiene.

Pero resulta que en el siguiente v. 33 —la tercera exigencia— pide una renuncia total a todo lo que se posee.

El contraste es intencionado:

lo que uno tiene, como capacidad para el compromiso, es infinitamente más importante que lo que uno tiene, como posesiones materiales, de las que debe desprenderse.

Lo que uno tiene, como capacidad, queda indeterminado, puede ser más o menos; pero lo que uno tiene, como posesión, debe ser objeto de renuncia absoluta y total, simplemente «todo».

 

Meditatio: ¿Qué me dice Dios a mí a través de la lectura?

 

LO MAS IMPORTANTE

Jesús va de camino a Jerusalén y lo acompañan grandes multitudes; no se trata de un grupo selecto de discípulos, sino de una gran cantidad de personas que seguramente tenían motivos muy diversos para seguir a Jesús. A ellos se dirige Jesús, a todos, sin diferencias, sin ofrecer diversos niveles de exigencias.

« Cualquiera que... » Jesús habla a la multitud toda, pero sus palabras se dirigen a cada uno de los oyentes en particular. Hace a todos la misma invitación, pero espera una respuesta personal de cada uno. El ser cristiano es una propuesta, una llamada, una vocación («la» vocación) que nos llega a todos. Y a esa llamada corresponde una respuesta personal, responsable, adulta. Una respuesta que tiene que ser ejercicio práctico de libertad personal.

« ...venga a mí ». Y es una llamada para todo el que quiera ser discípulo de Jesús. No se trata de exigencias especiales para grupos selectos; Jesús no propone un camino de perfección, sino que plantea las exigencias mínimas para todo el que decida irse con él, seguirlo, ser cristiano.

« ...y no me ame más... » La exigencia fundamental es que lo principal para quien decide ser cristiano es... ser cristiano. Ni siquiera algo tan grande como el amor al compañero o a la compañera, el amor a los padres o el amor a los hijos pueden ser considerados como valores más importantes que el ser cristiano. Atención: Jesús no está diciendo que para seguirlo a él hay que renunciar al amor o a la familia; lo que está diciendo es que, en caso de conflicto entre el compromiso cristiano y alguno de estos amores, deberá vencer la fidelidad al compromiso cristiano; incluso sobre los propios intereses, incluso sobre uno mismo.

 

LOS RIESGOS

El compromiso cristiano, seguir a Jesús, consiste en ponerse de su parte y aceptar que la razón de nuestra vida sea contribuir a la realización de un proyecto: transformar este mundo y convertirlo en un mundo de hermanos. Este proyecto va a encontrar muchas resistencias y hay que estar dispuesto a todo, incluso a ser considerado reo de muerte: « El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo ». Lo de cargar con la cruz no es aceptar pasivamente las injusticias (ni siquiera el dolor inevitable, como es el de la enfermedad, debe aceptarse pasivamente). Dios no quiere que sus hijos sufran. No es cierto que el dolor, por ser dolor, nos acerque a Dios. Dios es Padre bueno y quiere la felicidad para sus hijos. Por eso nos anima a luchar contra la injusticia, que tanto sufrimiento causa, y nos invita a incorporarnos a la tarea de construir un mundo en el que sea posible la felicidad para todos. Pero ese compromiso de lucha contra el dolor que unos hombres causan a otros nos enfrentará, como enfrentó a Jesús, con los injustos, con los opresores, con los explotadores... y con sus consejeros espirituales. Y eso nos puede llevar a la cruz, o a la hoguera, o al descrédito... Este sufrimiento, por lo que tiene de amor, sí es agradable a Dios.

 

CALCULAR LAS FUERZAS

La fidelidad a Jesús, por tanto, puede llevarnos al enfrentamiento con el poder de Jerusalén, el del imperio y el de sus colaboradores, el político y el religioso, el económico y el militar... Y a quien no utiliza en su lucha más armas que el amor le resultará difícil soportar la persecución de tantos poderes. Por eso hay que calcular las fuerzas.

Primer dato a tener en cuenta: el dinero no sirve, estorba: « cualquiera de ustedes que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo ». No se puede anunciar el evangelio a golpe de millones. El capital y la fraternidad son incompatibles, y los servidores del capital no pueden ser seguidores de Jesús. La fuerza del dinero es nuestra debilidad.

Segundo dato: hay que calcular las propias fuerzas o, quizá más bien, la propia generosidad, porque las fuerzas las suplirá, si es necesario, el Espíritu de Jesús. En cualquier caso, el que decida ser cristiano ya sabe a lo que se arriesga.

 

 

Oratio: ¿Qué me hace decirle a Dios esta lectura?

 

Te glorificamos, Padre del cielo, porque Jesús

nos enseñó el camino que por la abnegación lleva a la vida

Con su ejemplo no mostró la ruta ardua  y gozosa del seguimiento,

siendo el primero en la opción total por el reino de Dios

y adelantándose a entregar la vida para ganarla definitivamente.

Caminando con él, Cristo nos quiere libres para amar a los demás.

 

Te pedimos, Señor, hacer nuestros sus criterios y actitudes

para liberarnos de nuestro yo mezquino, egoísta y estéril.

Por su palabra  y su ejemplo que nos precedió, entendemos que

la medida de nuestra libertad interior es la capacidad de amar,

olvidándonos de nosotros. ¡Ayúdanos, Señor, con tu gracia!

 

Amén.

 

Contemplatio: Pistas para el encuentro con Dios y el compromiso.

 

Han pasado 2.000 años después de que Jesús aplicara esta encuesta a un reducido número de  seguidores. En la actualidad,  el número de los cristianos constituye un segmento muy importante de la población mundial.

 

*¿Qué sucedería si volviéramos a aplicar –rigurosamente- este mismas exigencias a los que nos decimos cristianos?

 

*¿Qué significa llamarse cristianos, cómo entendemos el seguimiento de Jesús?

 

* ¿Nos sentimos responsables de esa Cruz a la que Cristo, nuestro modelo, nos invita?