Nos atrevemos a decir "Padre Nuestro"
Los seres humanos abrigamos anhelos de plenitud; deseamos encontrar un amor sin lagunas y tener la verdad sin sombras para ser totalmente felices. Pero sufrimos la limitación en todos los ámbitos, y espontáneamente soñamos con una fuerza superior que nos ayude a plasmar nuestras naturales aspiraciones. Cuando acudimos a la divinidad en el fondo lo que buscamos es nuestra salvación o realización humana completa.
Jesús de Nazaret no hizo grandes discursos sobre Dios. No fue un filósofo especulativo ni un teólogo perdido en metafísicas sagradas. Fue un hombre que vivió de forma única la cercanía benevolente de Dios como Alguien que respira ternura e inspira confianza. No sólo cuida los lirios del campo y goza cuando las personas humanas son felices; no se aparta de ellas incluso cuando ellas deciden olvidarlo y hace salir el sol también para los malvados.
En la experiencia de Jesús, Dios es esencialmente bueno. Su omnipotencia y su justicia llegan hasta nosotros mediadas por el amor. No actúa nunca con un poder que paraliza o reprime; su amor prueba su verdad acompañando eficaz y silenciosamente, respetando la decisión libre de cada uno, en la paciencia de quien siempre mira con esperanza. El padre del hijo pródigo no práctica la justicia vindicativa que a cada uno da lo suyo, lo que merece; da más bien lo que cada uno necesita, más de lo que merece.
Dentro de una cultura, Jesús manifestó aquella experiencia singular de Dios con el símbolo "Padre". El símbolo es camino de acceso a la realidad; aunque de modo deficiente; cuando una madre abraza tiernamente a su hijo, en ese gesto simbólico hace presente algo de su cariño maternal, que sin embargo no se agota en el abrazo. El símbolo "Padre" nos dice algo de Dios cuya ternura, si bien podemos gustar, resulta siempre inabarcable. Como todos los símbolos, también éste no sólo está sometido a la limitación cultural; puede incluso tener un significado negativo dentro de una determinada experiencia humana; para un niño cuyo padre ha sido un degenerado, ese término evocará inevitablemente algo negativo. Saliendo al paso de una posible interpretación negativa, Jesús puntualiza que cuando habla de "padre", se refiere a la experiencia positiva que tienen tantos niños a quienes su progenitor les cuida con solicitud y da siempre lo que necesitan: "¿Hay alguno entre ustedes que al hijo que le pide pan, le dé una piedra?"
La palabra aramea "Abba", Padre, lleva una carga de confianza sin límites, refleja los sentimientos espontáneos de un niño pequeño agarrado a la mano de su papá; se siente con derecho a preguntarle todo, a pedir todo, a esperarlo todo. Ello explica que los judíos en el siglo primero considerasen irreverente llamar "Abba" al Dios Altísimo.
Jesús, sin embargo, experimenta que Dios es alguien en quien siempre se puede confiar, y así lo invoca con ese término. Padre, madre, amigo, esposo... Estos y otros símbolos significan ternura, inclinación gratuita en favor nuestro, calor sincero que siempre arropa nuestra existencia, y pueden ser mediaciones aproximativas, aptas, de la experiencia íntima que Jesús tuvo de Dios.
Ya los profetas presentaron a Dios con sentimientos y conducta maternos: "Efraín es para mi un hijo querido, un niño predilecto; cada vez que lo amenazo, vuelvo a pensar en él; mis entrañas se conmueven y me muero de ternura hacia él. ¿Acaso olvida una mujer a su hijo y no se apiada del fruto de sus entrañas?; pues aunque ella se olvide, yo no me olvidaré; como una madre consuela a su hijo, así los consolaré yo".
La perfección de Dios no se mide por el alejamiento de lo trascendente e inasequible. Desconcierta y es inabarcable por su misma cercanía. Es "misericordia entrañable", amor gratuito que se hace cargo y carga con la miseria de los otros.
Los cristianos hemos sido alcanzados por la experiencia singular de Jesús.
Apoyados en la intimidad del Padre que gustó de modo único aquel hombre, Jesús, nosotros confesamos que él es el Hijo, la Palabra de Dios. Pero nuestra fe no es reconocimiento puramente intelectual, ni nuestra confesión es un frío enunciado de nuestras cabezas. Más bien es un encuentro interpersonal que nos permite recrear la experiencia de Jesús: "Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él" (1 Jn 4,16).
Alcanzados por esta gozosa experiencia de Jesús, nos atrevemos a decir "Padre Nuestro".